En los últimos años, la Ciudad de México ha sido testigo de un fenómeno urbano que está transformando colonias tradicionales, elevando los precios de la vivienda y generando una creciente inconformidad entre sus habitantes: la gentrificación.
Este proceso ocurre cuando zonas populares o de clase trabajadora comienzan a atraer a personas con mayor poder adquisitivo, muchas veces extranjeras, lo que desencadena una serie de cambios en el entorno: aumento de rentas, nuevos comercios de lujo, y desplazamiento de los residentes originales. Aunque suele estar asociado con mejoras urbanas como calles arregladas, parques renovados o seguridad, también trae consigo desigualdad social y exclusión.
En colonias como Roma Norte, Condesa, Juárez, San Rafael y Santa María la Ribera, los efectos ya son visibles: pequeños negocios desaparecen, las rentas duplican su precio, y vecinos que han vivido toda su vida en la zona se ven obligados a mudarse por no poder competir con quienes pagan en dólares o euros. Muchos de estos nuevos inquilinos son nómadas digitales que rentan a través de Airbnb, lo que reduce aún más la disponibilidad de vivienda asequible.
La gentrificación ha generado tensiones crecientes que estallaron el pasado 4 de julio en una marcha que comenzó como protesta y terminó en actos violentos. Aunque las autoridades condenaron los ataques, el fondo del problema sigue sin resolverse: ¿qué ciudad estamos construyendo y para quién? Mientras no se regule el mercado inmobiliario ni se protejan los derechos de los residentes históricos, la gentrificación seguirá siendo un foco de conflicto en la capital del país.







